Hasta cierto punto la pregunta podría calificarse de irreverente y con cierto grado de ambigüedad porque estaría siendo injusta con los “emprendedores” peruanos que desde poco después de los años 80 despertaron de ese letargo nacional y colmaron el mercado peruano en casi todas las categorías empezando por Lima Metropolitana (en los llamados Lima Norte, Lima Sur y Lima Este) para terminar en las principales ciudades capitales de departamento como Trujillo, Chiclayo, Piura, Iquitos, Pucallpa, Huancayo, Cusco, Ica, Arequipa, por citar solo algunas y de ahí pasar a ciudades importantes como Chimbote, Chincha, Huacho o Nasca. Hasta antes de los años 90 era muy difícil pronosticar el auge de nuestra economía por razones obvias históricas que no viene al caso mencionar. Según Arellano y Burgos (2007), de las diversas actividades económicas que realizaban las PYMEs en Lima Metropolitana, la concentración más significativa se registro en las bodegas con un 27.6% del total de establecimientos. Le seguían en orden de importancia los restaurantes con un 8.9%, las peluquerías o salones de belleza con 3.3% y las vulcanizadoras con 3.2%.

Pasados ya más de 30 años de esto, la teoría del ciclo de vida de los productos y marcas se empieza a aplicar casi a la perfección en nuestro mercado peruano. Innumerables empresas mipymes que se crearon con los ahorros de sus dueños emprendedores han sucumbido ante la mayor creatividad y eficiencia de sus competencias. Se está imponiendo por sobre la vorágine del sentido común y el espíritu empírico de los emprendedores, el profesionalismo de la preparación para un mundo hiper-competitivo para los que tuvieron la visión de que “la gallina de los huevos de oro” algún día tendría que morirse.

Todos los primeros emprendedores que tuvieron esta visión y que mandaron a estudiar a sus hijos, hoy en dia constituyen grandes corporaciones, muchas de ellas con presencia notable a nivel mundial. Tenemos como ejemplo a la familia Wong, que de una bodega pequeña en una esquina de la Av. Dos de Mayo en San Isidro, estuvieron dispuestos a aventurarse más allá de un océano rojo y maximizaron el tamaño del mercado que crearon, aplicando el “tercer principio de la estrategia del océano azul: ir más allá de la demanda existente” (Kim y Mauborgne, 2005, p.143). Hoy en día constituyen una de las empresas con una lovemark impresionante en el corazón de los peruanos, a pesar de haber sido vendida a capitales chilenos, aún mantiene ese sentimiento que supieron crear en nosotros. En la actualidad muchos imitan esa estrategia innovadora y hay incontables ejemplos en todas y cada una de las ciudades a lo largo y ancho de todo el Perú, donde por lo menos cada una tiene su “minimarket” con góndolas y cajas al estilo de los grandes supermercados. Otro caso es el de Ajeper, originalmente corporación Añaños-Jeri con sus marcas Kola Real, agua Cielo y Pulp) que copiaron las estrategias innovadoras de la Cola Cola. También tenemos a la actual cadena de boticas Arcángel, nacida en la ciudad de Jaén y fundada por Jorge Sánchez, aunque hoy el dueño mayoritario es la empresa Albis, emprendedor peruano que tuvo la visión de imitar el innovador modelo económico que venía de Chile iniciado por FASA (hoy en día esa marca ya no existe más en Perú, la compró Química Suiza dueña de la marca Mi Farma) y Farmacias Salcobrand (esta última abrió Inkafarma en Perú hace poco más de 20 años, hoy vendida a capitales peruanos del grupo Interbank). Como Godin (2002) mencionó, añadieron el marketing de una vaca púrpura a su empresa, crearon un número nemotécnico fácil de recordar para su servicio delivery hasta abrir al lado de los locales de muchas de sus boticas, consultorios médicos y de análisis de laboratorios, dándole valor a su conocido negocio de venta de medicamentos.

Todos estos peruanos, en su momento aplicaron lo que hoy conocemos como la estrategia de la Vaca Púrpura, unas veces sin necesidad de copiar modelos de negocio de marcas o empresas mundiales, otras imitando el éxito, pero todas ellas apuntando a un solo objetivo: ser extraordinarias (Godin, 2002, p. 8).

A nuestro entender queda una tarea pendiente en la mayoría de los emprendedores peruanos: no sólo tienen que apuntar a tener y formar empresas extraordinarias sino verdaderamente innovadoras. Y para esto se necesitan dos requisitos. El primero, como mencionan Dyer, Gregersen y Christensen (2,011) las personas emprendedoras o empresarios deben tener como habilidades conductuales, el cuestionar, observar, crear redes de contactos y experimentar. Con esas habilidades ahora solo les falta instaurar el proceso de innovación en sus organizaciones. El proceso con el que concordamos es el que proponen Trías de Bes y Kotler (2011), ellos lo llaman el modelo A-F, que “no es un proceso de innovación en sí, sino la relación de los roles fundamentales cuya presencia hemos constatado en las empresas que mejores prácticas de innovación han demostrado en los últimos años”.

Esa falta de estrategia innovadora, es la que finalmente conduce a muchas empresas creadas por emprendedores a terminar sus días sin pena ni gloria, quizás por culpa de la comoditización, proceso por el cual los productos se “vuelven masivos y no diferenciables entre sí. Cuando esto sucede, no importa que vendas, eres percibido como igual a tu competencia. En este mundo lleno de información, existe un empate entre capacidades tecnológicas e industriales, por eso es muy difícil decir “yo soy diferente” u “ofrezco algo distinto”. Aunque lo fueras o lo tuvieras, es más complicado aún comunicarlo y que la gente te crea. Luego este juego lo gana quien venda su producto al menor precio (Jürgen Klaric, 2015). Aparentemente gana el cliente pero a las finales, a largo plazo, pierden todos.

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